domingo, 19 de febrero de 2017

Católico instruido, no será confundido

" La Cuaresma: camino a un destino seguro "


En su mensaje para este Tiempo Litúrgico, el Papa Francisco nos dice que "La Cuaresma es un nuevo comienzo, un camino que nos lleva a un destino seguro: la Pascua de Resurrección, la victoria de Cristo sobre la muerte. Y en este tiempo recibimos siempre una fuerte llamada a la conversión: el cristiano está llamado a volver a Dios «de todo corazón» (Jl 2,12), a no contentarse con una vida mediocre, sino a crecer en la amistad con el Señor. Jesús es el amigo fiel que nunca nos abandona, porque incluso cuando pecamos espera pacientemente que volvamos a Él y, con esta espera, manifiesta su voluntad de perdonar (cf. Homilía, 8 enero 2016). La Cuaresma es un tiempo propicio para intensificar la vida del espíritu a través de los medios santos que la Iglesia nos ofrece: el ayuno, la oración y la limosna. En la base de todo está la Palabra de Dios, que en este tiempo se nos invita a escuchar y a meditar con mayor frecuencia. En concreto, quisiera centrarme en la parábola del hombre rico y el pobre Lázaro (cf. Lc 16,19- 31); dejémonos guiar por este relato tan significativo, que nos da la clave para entender cómo hemos de comportarnos para alcanzar la verdadera felicidad y la vida eterna, exhortándonos a una sincera conversión".

Como ya lo hemos comentado en otras ocasiones, la Cuaresma es el tiempo litúrgico que inicia con el Miércoles de Ceniza, tiene una duración de 40 días (de ahí su nombre) y en este tiempo la Iglesia se une al Misterio de Jesús en el desierto (Mt 4, 1-11; Mc 1, 13; Lc 4, 1-13), a donde se retiró guiado por el Espíritu, luego de ser bautizado por San Juan; allí permaneció cuarenta días sin comer y fue tentado tres veces por Satanás, pero Jesús rechazó las tentaciones, las cuales recapitulan las tentaciones de Adán en el Paraíso y las del Pueblo de Israel en el desierto.

En la Liturgia de la Cuaresma la Iglesia relee y revive todos estos acontecimientos de la historia de nuestra Salvación; el color litúrgico es el morado, que significa luto y penitencia, pues estamos llamados al arrepentimiento, a la penitencia y conversión, practicando la oración, escuchando más atentos la palabra de Dios, recordando y viviendo nuestro compromiso bautismal, y, desde luego, reconciliándonos con el Señor, como preparación para la Fiesta de fiestas, que es la Pascua. 

El Papa Francisco ora porque el Espíritu Santo nos guie a realizar un verdadero camino de conversión, para redescubrir el don de la Palabra de Dios, ser purificados del pecado que nos ciega y servir a Cristo presente en los hermanos necesitados. Nos anima a manifestar esta renovación espiritual participando en las campañas de Cuaresma que muchas organizaciones de la Iglesia promueven en distintas partes del mundo para que aumente la cultura del encuentro en la única familia humana. Nos pide orar unos por otros para que, participando de la victoria de Cristo, sepamos abrir nuestras puertas a los débiles y a los pobres; pues entonces viviremos y daremos un testimonio pleno de la alegría de la Pascua. ¡Que así sea!

LUBIA ESPERANZA AMADOR.
lubia_ea@hotmail.com

viernes, 17 de febrero de 2017

La justicia mayor con el prójimo

Lectio Divina del VI Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo A)


1. Oración inicial


“Habla, Señor, que tu siervo escucha” ¡Háblanos en este momento, Señor! Queremos acoger tu Palabra, permitir que esta página del evangelio entre en nuestra vida para que ilumine y fortalezca nuestro camino, anime y transforme nuestras actitudes. Todos deseamos madurar en el camino de la escucha de tu Palabra para que nuestro corazón sea transformado.

En nosotros existe el deseo de leer y comprender esperando de tu bondad y generosidad ser guiados en la comprensión de tu Palabra. Que tu hablar a nuestro corazón no encuentre ningún obstáculo o resistencia. Que tu Palabra de vida no recorra en vano  el desierto árido de nuestra vida. Entra en el vacío de nuestro corazón con la fuerza de tu Palabra; ven a ocupar un lugar en nuestros pensamientos y sentimientos, ven a vivir en nosotros con la luz de tu Verdad.

2. Lectura (Lectio) ¿Qué dice la Palabra de Dios?


Del santo Evangelio según san Mateo: 5,17-37

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud. Yo les aseguro que antes se acabarán el cielo y la tierra, que deje de cumplirse hasta la más pequeña letra o coma de la ley. Por lo tanto, el que quebrante uno de estos preceptos menores y enseñe eso a los hombres, será el menor en el Reino de los cielos; pero el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los cielos. Les aseguro que si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, ciertamente no entrarán ustedes en el Reino de los cielos.

Han oído que se dijo a los antiguos: No matarás y el que mate será llevado ante el tribunal. Pero yo les digo: Todo el que se enoje con su hermano, será llevado también ante el tribunal; el que insulte a su hermano, será llevado ante el tribunal supremo, y el que lo desprecie, será llevado al fuego del lugar de castigo.

Por lo tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda junto al altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve luego a presentar tu ofrenda. Arréglate pronto con tu adversario, mientras vas con él por el camino; no sea que te entregue al juez, el juez al policía y te metan a la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo.

También han oído que se dijo a los antiguos: No cometerás adulterio. Pero yo les digo que quien mire con malos deseos a una mujer, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Por eso, si tu ojo derecho es para ti ocasión de pecado, arráncatelo y tíralo lejos, porque más te vale perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de castigo. Y si tu mano derecha es para ti ocasión de pecado, córtatela y arrójala lejos de ti, porque más te vale perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de castigo.

También se dijo antes: El que se divorcie, que le dé a su mujer un certificado de divorcio; pero yo les digo que el que se divorcia, salvo el caso de que vivan en unión ilegítima, expone a su mujer al adulterio, y el que se casa con una divorciada comete adulterio.
Han oído que se dijo a los antiguos: No jurarás en falso y le cumplirás al Señor lo que le hayas prometido con juramento. Pero yo les digo: No juren de ninguna manera, ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es donde él pone los pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del gran Rey.

Tampoco jures por tu cabeza, porque no puedes hacer blanco o negro uno solo de tus cabellos. Digan simplemente sí, cuando es sí; y no, cuando es no. Lo que se diga de más, viene del maligno”.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

(Toma un momento de silencio para asimilar el texto, para ello vuelve a leer el texto)

Reflexión

LA JUSTICIA MAYOR CON EL PRÓJIMO


Continuando el Sermón de la Montaña


Hemos llegado al cuerpo del Sermón de la Montaña, después que Jesús nos ha preparado con los mensajes de las Bienaventuranzas (Mt 5, 3-12), que son las actitudes que nos configuran como discípulos de Cristo; y con el de la sal y la luz (Mt 5, 13-16), donde nos ha presentado lo que somos como discípulos, y no lo que deberíamos ser. Ahora Jesús nos presenta el mensaje central del Sermón de la Montaña: la justicia mayor del discípulo.

Jesús comienza anunciando el programa de su mensaje central: la justicia mayor (Mt 5, 17-20. Jesús la presenta en tres partes: a) la «justicia mayor» y el prójimo (Mt 5, 21-48); b) la «justicia mayor» y el Padre (Mt 6, 1-18); c) la «justicia mayor» y las criaturas (Mt 6, 19-7, 11).

La justicia mayor y el prójimo


Antes de comenzar a hablar de la Ley y cómo llevarla a su pleno cumplimiento, Jesús deshace algunas falsas ideas que tenían los discípulos y la muchedumbre que lo escuchaban: «No piensen que he venido a abolir la Ley y los profetas» (v. 17a). Esta expresión de parte de Jesús quiere darnos a entender que, él no vino a echar abajo el Antiguo Testamento, sino todo lo contrario: «a dar cumplimiento» (v. 17b). Afirmar que Jesús cumple toda la Escritura quiere decir que la lleva a su consumación, a su perfección, a su significación plena; la realiza, no ya «ejecutando» sus exigencias sean cuales fueren, sino superándola, haciéndole llevar un sentido nuevo (Dumais, 30).

La justicia que Jesús exige a sus discípulos debe ser mayor a la de los escribas y fariseos (v. 20). Esta justicia exigida, es una conducta conforme a la voluntad de Dios. Lo mayor de esta conducta o justicia se manifiesta primero, en la exigencia más amplia de parte de los discípulos a ir más lejos en la obediencia de la Ley, no solo matar, sino evitar todo gesto de cólera hacia los demás. Esta exigencia más amplia culmina en el amor al prójimo (vv. 38-48). Como segunda manifestación de la justicia mayor del discípulo, está en superar la manera de cumplir la Ley, cumpliendo las exigencias en el corazón. No solo de manera externa como fariseos y escribas, sino de manera interna. La motivación debe ser el obrar como hijo del Padre. Los discípulos están llamados a hacerse lo que profundamente son, hijos del Padre.

Como primera parte de esta justicia, Jesús nos presenta seis superaciones a la ley en relación al prójimo. Estas superaciones también se les pueden llamar antítesis. El Evangelio de hoy solo nos presenta cuatro, las demás, la liturgia nos la presentará el siguiente domingo.

Las seis antítesis las podemos agrupar en dos grupos de tres para comprenderlas mejor:

a) La primera y cuarta antítesis empiezan con la fórmula de introducción: «Han oído que se dijo a los antepasados» (Mt 5, 21.33).

b) Las tres primeras están en relación al Decálogo, mientras que las tres últimas están en la relación a mandamientos de otra parte de la Torá o Pentateuco (Gn, Ex, Lv, Nm, Dt).

c) Jesús en las tres primeras comienza su enseñanza con una afirmación general: «todo aquel que…» (cfr. Mt 5, 22.28.32); en las tres últimas, encontramos una exhortación directa: prohibición (cfr. Mt 5, 34.39); mandato (cfr. Mt 5, 44).

d) La segunda y tercera antítesis tienen en común el tema del adulterio (vv. 28.32); de manera semejante la quinta y sexta antítesis abordan la relación del discípulo con sus enemigos (vv. 39.44).

Todas estas antítesis llevan al discípulo a un crecimiento progresivo: del homicidio (1ª) al amor del enemigo (6ª). En otras palabras, del sentimiento de querer matar al hermano a la decisión de amar al enemigo. Todo un ejercicio de la voluntad para desarrollar el amor.

No mataras: Homicidio y cólera, y reconciliación (vv. 21-26)


Jesús comienza recordando a sus discípulos lo que han oído de los antiguos: «No mataras» (v. 21: cfr. Ex 20,13; Dt 5,17). Sin embargo, Jesús radicaliza la prohibición, ya no solo será el cometer homicidio, sino encolerizarse con el hermano.

El final del versículo 21, se repite al principio del versículo 22: «será reo ante el tribunal»; así se manifiesta la enseñanza fundamental de esta ampliación: la cólera contra el hermano es una forma de homicidio (Sánchez, 69).

Jesús nos presenta tres tipos de cólera: cólera (enojo), imbécil (insulto) y renegado (desprecio); y tres tipos de tribunales: tribunal, Sanedrín y gehena (v. 22). Se trata, pues, de un proceso de acumulación. Los tres tribunales no son distintos, en el fondo es el mismo: el tribunal de Dios, ante quien se tiene el juicio de todo acto (Carrillo, p. 105).

Las palabras que salen de la persona encolerizada manifiestan cómo se encuentra interiormente («de lo que rebosa el corazón habla la boca»: Mt 12,34) y es lo que la contamina («lo que sale de la boca, eso es lo que contamina al hombre»: Mt 15,11); los homicidios proceden al igual que los demás pecados del corazón (Mt 15,19).

Como remedio a los malos sentimientos, Jesús enseña que la reconciliación es el mejor camino para poder cumplir el precepto que él está enseñando, para ello, toma como ejemplo el momento más solemne en que se tiene que ofrecer una ofrenda a Dios. Si se quiere obtener el perdón de Dios, primero hay que buscar el del hermano (v. 24). No se puede tener un culto verdadero sin justicia y amor. Jesús citará en dos ocasiones al profeta Oseas para ilustrar esta enseñanza: «quiero amor, no sacrificio» (Os 6,6; cfr. Mt 9,13; 12,7).

Jesús subraya la urgencia de la reconciliación: «Llega enseguida», o «mientras vas con él por el camino» (v. 25a), antes que el juez de una sentencia inapelable (vv. 25b-26). El final de la parábola del siervo inmisericorde (Mt 18,23-35), ilustra el riesgo expresado en estos versículos: «Y encolerizado su señor, le entrego a los verdugos hasta que pagase todo lo que debía» (18,34).

En conclusión, podemos decir que, para cumplir plenamente el quinto mandamiento, podemos aplicar la enseñanza de san Pablo: «Toda amargura, ira, cólera, gritos, maledicencia y cualquier otra clase de maldad, desaparezca de entre ustedes. Sean amables entre ustedes, compasivos, perdonándose mutuamente como los perdonó Dios en Cristo» (Ef 4, 31-32). De esta manera se vive la radicalidad enseñada por Jesús a sus discípulos, y se evitan las consecuencias penosas y duraderas.

No cometerás adulterio: matrimonio y pureza de corazón (vv. 27-30)


Jesús expone el cumplimiento radical del sexto mandamiento del Decálogo («No cometerás adulterio»: v. 27; cfr. Ex 20,14; Dt 5,18). Para el pueblo de Israel, el matrimonio es una realidad sagrada (Gn 1,27; 2,24), que el castigo por transgredirla es riguroso: «Si un hombre comete adulterio con la mujer de su prójimo, será muerto tanto el adúltero como la adúltera» (Lv 20,10). Un proverbio expone las consecuencias de esta falta: «El adultero es un insensato; quien así actúa arruina su vida» (Prv. 6,32).

La Biblia enseña que cometer adulterio, desencadena otros pecados graves, dos ejemplos pueden ilustrar esto: el adulterio del rey David con Betsabe (adulterio y homicidio de Urías: 2 Sam 11), y la historia de Susana (adulterio, falso testimonio y homicidio: Dn 13). Los profetas llaman al pueblo infiel a la Alianza con Yahvé «adúltero» (cfr. Is 57,3; Jr 3,8.9; Ez 16,32.38; Os 7,4).

Para Jesús «todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón» (v. 28), el sexto mandamiento no se quebranta solo consumando el acto de infidelidad matrimonial, se comete adulterio con la mirada que desea poseer a una mujer casada, rompiendo así un matrimonio ajeno.

La interpretación que expone Jesús del sexto mandamiento, la radicaliza combinándolo con el noveno mandamiento («no codiciaras la mujer de tu prójimo»: Ex 20,17; Dt 5,21), poniendo como fuente de ese deseo al corazón (Mt 15,19). El mirar a una mujer para desearla implica la intención de realizar esa acción (Sánchez, p. 73). Así Jesús denuncia la raíz del mal: el deseo interior posesivo, la codicia activa que se apropia ya de la mujer del otro (Dumais, 35).

Ocupando dos imágenes simbólicas: el ojo (v. 29) y la mano (v. 30), Jesús enseña la radicalidad del cumplimiento del precepto. El ojo es con lo que se percibe, y con la mano se acciona; en este contexto, se refiere a la intención y la ejecución. De esta manera, toda intención o acción pecaminosa se debe desterrar con decisión (Sanchez, 74). El castigo de no hacerlo es de igual gravedad que el precepto anterior: la gena, la muerte eterna.

Una referencia más puede ayudar a comprender mejor la exigencia de Jesús. En el Discurso Eclesial (Mt 18,8-9) se aplican las mismas imágenes simbólicas (mano, pie y ojo) a la vida comunitaria, si un miembro escandaliza a sus hermanos ha de ser expulsado de ella. En nuestro texto está de por medio nuestra salvación, en el discurso eclesial, la armonía de la comunidad.

El matrimonio es indisoluble (vv. 31-32)


Jesús toma una legislación conocida por el pueblo judío (Dt 24,1) y ampliará su aplicación. Junto con la antítesis anterior, Jesús enseña los dos modos de divorcio: «el del corazón (vv. 27-30) y el divorcio seguido de nuevas nupcias (vv. 31-32)» (Sánchez, p. 75).

El acta de divorcio (v. 31), es una norma legal que los maestros del pueblo enseñaban conforme a lo que está escrito (Dt 24,1-4). Para Jesús solo habrá una razón para divorciarse: que la unión sea ilegitima. Por unión ilegitima podemos entender principalmente dos cosas:

a) La unión incestuosa
El Catecismo de la Iglesia enseña que el «incesto es la relación carnal entre parientes dentro de los grados en que está prohibido el matrimonio (cf Lv 18,7-20). […] El incesto corrompe las relaciones familiares y representa una regresión a la animalidad» (n. 2388).

b) La fornicación
El Catecismo enseña que «la fornicación es la unión carnal entre un hombre y una mujer fuera del matrimonio. […] Es gravemente contraria a la dignidad de las personas y de la sexualidad humana, naturalmente ordenada al bien de los esposos así como a la generación y educación de los hijos. Además, es un escándalo grave cuando se da corrupción de menores. (n. 2353).

Fuera de estas dos faltas, el divorcio no está justificado para Jesús. Se hace caer en adulterio al cónyuge, principalmente en este precepto (v. 32), a la mujer; si el hombre repudia a su mujer, la convierte en adultera si ella decide casarse con otro hombre.

En un texto más adelante del Evangelio, Jesús expondrá los motivos que hacen indisoluble un matrimonio (Mt 19,1-9). La forma de comprender el matrimonio recibirá un nuevo desarrollo en la carta de Pablo a los Efesios (5,21-33): la fidelidad que se exige a los esposos se deriva del hecho de que su unión matrimonial simboliza la fidelidad de Cristo a su Iglesia (Dumais, p. 37).

Juramento y veracidad (vv. 33-37)


El mandamiento citado en esta antítesis hace referencia a Lv 19,12 («No jurarán en falso por mi nombre»), y al segundo mandamiento del Decálogo («No pronunciaras el nombre de Yahvé, tu Dios, en falso»: Ex 20,7; Dt 5,11). Ciertamente que en el Antiguo Testamento se permitían los juramentos, pero no su exceso (Eclo 23,9-11).

En la primera antítesis Jesús enseño a evitar la ofensa al prójimo, en esta antítesis enseña a evitar ofender a Dios. La clave para comprender estos versículos, nos la proporciona uno de los “ayes” de Jesús contra los fariseos (Mt 23,16-22). En este texto, Jesús condena el juramento que se hace por las criaturas: el oro (v. 16), la ofrenda (v. 18); como cosas que están encima de su Creador.

Las cuatro realidades que Jesús presenta (Cielo, Tierra, Jerusalén, tu cabeza: vv. 34-36), remiten a Dios, son sagradas, y por tanto no manipulables por el hombre. La cuarta antítesis no supone una negación a la práctica alabada en la Escritura por Jesús como un acto sagrado (Mt 23,20-22). Lo que Jesús pretende arrancar del discípulo es todo uso profano que haga del juramento, para que su uso no se convierta en una práctica supersticiosa (Sánchez, p. 83).

Finalmente Jesús pide a sus discípulos que sean veraces para que no tengan que recurrir a los juramentos (v. 37). Al ser limpios de corazón (5,8), es innecesario el recurso al juramento. El apóstol Santiago así lo enseña (Sant 5,12). San Justino lo sintetiza en un mandato a decir siempre la verdad (Apología I 16,5), y San Ignacio dará las claves de discernimiento en todo juramento: «No jurar ni por Criador ni por criatura, si no fuere con verdad, necesidad y reverencia» (San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, 38).

El Catecismo nos da la interpretación final de este texto:

«Siguiendo a san Pablo (cf 2 Co 1, 23; Ga 1, 20), la Tradición de la Iglesia ha comprendido las palabras de Jesús en el sentido de que no se oponen al juramento cuando éste se hace por una causa grave y justa (por ejemplo, ante el tribunal). “El juramento, es decir, la invocación del Nombre de Dios como testigo de la verdad, sólo puede prestarse con verdad, con sensatez y con justicia”» (n. 2154).

3. Meditación (Meditatio) ¿Qué me dice la Palabra de Dios?


  • Mi conducta (justicia) en relación a mi prójimo, ¿es solo de apariencias o realmente hay sinceridad en mi actuar?
  • ¿Mis palabras son edificantes o destructivas?
  • ¿Controlo mis sentidos cuando miro a alguien?
  • ¿He adulterado con mi corazón con el cónyuge ajeno?
  • Si estoy casado, ¿estoy mejorando como esposo(a)?
  • Si estoy soltero(a), ¿ya pensé bien en lo que conlleva estar casado?
  • Todo lo que prometo ¿lo cumplo?
  • ¿Es normal para mí anteponer a Dios en mis juramentos?

4. Oración (Oratio) ¿Qué le respondo al Señor?


"Señor, concédeme adorarte desde lo más profundo de mi ser,
para que mis acciones sean expresión de un corazón bueno, liberado,
sanado. Ayúdame a ver cuando mis acciones sean solamente
un cumplimiento exterior, que no expresa un amor sincero".

5. Contemplación (Contemplatio)


«Los sentimientos de temor y de “lo sagrado” ¿son sentimientos cristianos o no? [...] Nadie puede dudar razonablemente de ello. Son los sentimientos que tendríamos, y en un grado intenso, si tuviésemos la visión del Dios soberano. Son los sentimientos que tendríamos si verificásemos su presencia. En la medida en que creemos que está presente, debemos tenerlos. No tenerlos es no verificar, no creer que está presente» (Juan Enrique Newman, Parochial and Plain Sermons, v. 5, Sermon 2).

6. Actúa (Actio) ¿A que me compromete la Palabra de Dios?

  • Pondré atención a cómo me comporto con los demás.
  • Cultivaré buenos pensamientos para los demás, especialmente de bendición.
  • Educaré mi vista evitando ver al sexo opuesto como objeto de deseo desordenado.
  • Pondré control en la manera cómo toco a los demás.
  • Buscaré iniciar mi preparación para regularizar mi matrimonio.
  • Seré veraz en mis compromisos, sin anteponer el nombre de Dios.


Bibliografía:

Carrillo Alday, S. (2010). El evangelio según San Mateo (1a ed.). Estella (Navarra): Verbo Divino.

Dumais, M. (1998). El sermón de la montaña (Mateo 5-7) (1a ed.). Estella (Navarra): Verbo Divino.

Fernández, V. (2000). El evangelio de cada día: Comentario y oración (1a ed.). Argentina: San Pablo.

Mateos, J. & Camacho, F. (1981). El evangelio de Mateo, lectura comentada (1a ed.). Madrid, España: Ediciones Cristiandad.

Sánchez Navarro, L. (2005). La enseñanza de la montaña (1a ed.). Estella (Navarra): Editorial Verbo Divino.

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lunes, 6 de febrero de 2017

Transmitir luz y sabor al mundo

Lectio Divina del V Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo A)



5 de febrero del 2017


1. Oración inicial


"Señor, no dejes que pierda el sabor de tu evangelio, no dejes que esconda la luz que me regalas. Tú has salvado mi vida, tú me has iluminado, pero te ruego que me impulses para que pueda comunicar a los demás tu amor y tu luz"

2. Lectura (Lectio) ¿Qué dice la Palabra de Dios?


Del santo Evangelio según san Mateo: 5, 13-16



En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Ustedes son la sal de la tierra. Si la sal se vuelve insípida, ¿con qué se le devolverá el sabor? Ya no sirve para nada y se tira a la calle para que la pise la gente. 

Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad construida en lo alto de un monte; y cuando se enciende una vela, no se esconde debajo de una olla, sino que se pone sobre un candelero, para que alumbre a todos los de la casa. 
Que de igual manera brille la luz de ustedes ante los hombres, para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que está en los cielos”.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

(Toma un momento de silencio para asimilar y releer el texto)

Reflexión
TRANSMITIR LUZ Y SABOR AL MUNDO


Inicio del camino de discipulado


Del versículo uno al dieciséis del capítulo cinco del Evangelio de San Mateo, se nos presenta la introducción al discurso conocido como el Sermón de la Montaña, estos versículos tienen como fin, llamar la atención del interlocutor para prepararlo a escuchar el mensaje de Jesús.

La semana pasada reflexionamos sobre las Bienaventuranzas (5, 1-12), que son las actitudes que todo discípulo de Jesús debe encarnar. Hoy vamos a concluir con la introducción que hace san Mateo para entrar al cuerpo del Sermón de la Montaña. Curiosamente Jesús no les dice qué deberían ser, sino lo que son en cuanto discípulos, y lo hace a través de un lenguaje simbólico: sal y luz; ciudad en lo alto del monte y la vela.

Llamados a ser sal de la tierra


La sal para el mundo judío antiguo es un elemento indispensable para la vida (cfr. Sir 39, 26): sazona los alimentos, purifica y elimina los agentes de fermentación y corrupción.

La sal que aseguraba incorruptibilidad, se usaba en los pactos como símbolo de su firmeza y permanencia. En particular, todo sacrificio debía ser salado, como señal de la permanencia de la alianza (Lv 2,13; cf. Nm 18,19: «una alianza de sal es perenne»; 2 Cr 13,5: «El Señor... con pacto de sal concedió a David y a sus descendientes el trono de Israel para siempre»). Para realizar su función, la sal ha de conservar su propiedad característica; si no, no sirve para nada, será arrojada fuera y pisoteada. Esta «tierra» no se refiere solamente a la «tierra» por excelencia, Palestina, sino que tiene un valor universal. Esta es la orden que Cristo les da posteriormente de predicar el Evangelio «a todas las gentes» (Mt 28,19.20).

También habría que recordar el horno de tierra de la cultura palestina, construido al aire libre y que era llamado precisamente «tierra» (cf. Job 28,5). El fuego de estos hornos era alimentado con estiércol. Para que ardiera el estiércol seco, se recubría el fondo del horno con una capa de sal y se espolvoreaba el estiércol con sal. Esta servía de agente químico que hacía arder el combustible, pero con el paso del tiempo el calor del horno producía en la sal una reacción que la volvía inútil. Este era el momento en que los cristales de sal debían ser retirados, porque habían perdido su salinidad.

La «sal» simboliza al discípulo con fe viva, el «desvirtuarse» equivale a la pérdida de esta fe (Orígenes). Los discípulos serán para la «tierra» lo que es la sal en los usos de la vida:

a. Evita la corrupción: Los discípulos de Jesús tienen que salar la masa moralmente viciada del mundo y del fariseísmo con la doctrina de Cristo para evitar su putrefacción. Llevan la verdad de Cristo, que condimenta ese mundo y le dé el gusto y sabor de la verdad, que es Cristo.

b. Sazona: Los discípulos al igual que la sal, son el elemento que da sabor a los alimentos. El discípulo da el sabor de la verdad de Cristo y preserva de la descomposición moral. Sin embargo, la sal no es el elemento central de una comida, su función es desaparecer para dar sabor a la comida.

c. Asegura la alianza con Dios: Los discípulos son la sal que asegura la alianza de Dios con la humanidad; es decir, de su fidelidad al programa de Jesús depende que exista la alianza, y que se lleve a cabo la obra liberadora prometida.

d. Prender y mantener el fuego: Los discípulos son el combustible que prende y mantiene el fuego de la fe sobre la humanidad. De ellos depende encender el fuego de la fe con su predicación y mantenerlo encendido con su testimonio.

Si la sal pierde su sabor, con nada puede recuperarlo; si los que se llaman discípulos de Jesús, y tienen delante su ejemplo, no le son fieles, no hay donde buscar remedio. Esos discípulos son cosa inútil, han de ser desechados, arrojados fuera, y merecen el desprecio de los hombres, a cuya liberación debían haber cooperado. La comunidad que, en su práctica, traiciona el mensaje de Cristo no tiene razón de existir.


Llamados a ser luz del mundo



En lo que respecta a la luz, su simbolismo es universalmente reconocido. La luz disipa las tinieblas, alegra e ilumina con su resplandor. El Antiguo Testamento recurre con frecuencia a la metáfora de la luz para hablar de Dios (Sal 27,1), y el Servidor sufriente está llamado a ser luz de las naciones (Is 42,6; 49,6). En Is 9,1-2; 42,16; 48,8.10; 51,4; 59,9 se habla de llevar luz a los que yacen en las tinieblas, y todo esto llega a su clímax en Is 60,1-3, cuando el profeta anuncia el retorno del pueblo a la presencia radiante del Señor, que se reflejará en ellos e iluminará a las naciones (cf. 60,19-20; 62,2).

Para completar la imagen de la luz, Jesús usa otra imagen: la de la ciudad construida en lo alto de un monte. En Palestina era frecuente construir los pueblos en lugares altos. De igual modo, «la vela» sirve de medio para indicar el modo de actuar de los discípulos. Antiguamente se utilizaban lámparas pequeñas para iluminar la casa que solo era de un cuarto. Una vez encendida la lámpara, se ponía en alto para que iluminara todo el cuarto. El celemín era un recipiente con el que se medían los granos o los líquidos; por su tamaño, ponerla sobre la vela era cubrir su luz.

Los Padres de la Iglesia ven en la vela (antorcha) la Palabra de Dios (Sal 119, 5), que en su sentido pleno es Jesús (Jn 8, 12). La Iglesia está simbolizada por el candelero, que ilumina a todo el mundo con su predicación. Y el celemín simboliza a todos los hombres mundanos, que son insensatos para las cosas espirituales y sabios en las terrenas, y por consecuencia tienen oculta la palabra divina y no se atreven a hacer pública la Palabra de Dios ni a predicar las verdades de la fe (cfr. Catena Aurea: Mt 5, 14-16).

El mensaje es claro: el apóstol, que tiene que iluminar, no ha de esconderse, ha de actuar—enseñar y practicar—la doctrina del reino, con lo cual iluminarán al mundo sobre el valor de la doctrina de Cristo.

Las buenas obras: la gloria del Padre.


Lo que va a mostrar que los discípulos son «sal y luz» en el mundo, son las buenas obras que llevan a la práctica. La gloria de Dios ya no se manifiesta en el texto de la Ley ni en el local de un templo, sino en el modo de obrar de los que siguen a Jesús. «La luz de ustedes» son las obras en favor de los hombres, descritas en Mateo 5,7.8.9; 25, 35ss, en las que resplandece Dios: la ayuda, la sinceridad y el trabajo por la paz, es decir, la constitución de una sociedad nueva.

Pero si debe dejar que su luz irradie no es para recibir él la alabanza, sino para que el Padre sea glorificado (Jn 15,8); quienes «serán llamados hijos de Dios» (cf. 5,9) revelan con su actuar al Padre de quien son hijos. Se puede hablar de una dimensión testimonial del obrar cristiano.

Estas dos comparaciones sobre el oficio de los apóstoles de Cristo—«sal» y «luz»—tienen finalidades distintas. La primera, haciendo ver que el mundo va a ser evangelizado por apóstoles, llama la atención de éstos sobre su preparación y santidad. La segunda mira preferentemente a que no oculten estos valores necesarios del apostolado, ni por falsa humildad, ni por cobardía, ni por pereza. Pues la tierra espera su luz.

3. Meditación (Meditatio) ¿Qué me dice la Palabra de Dios?


El padre Ermes Ronchi, de la Orden de los Siervos de María, propuso las siguientes meditaciones al Papa y a la Curia Romana en los ejercicios espirituales de marzo de 2016, nos ayudaran también a nosotros a meditar sobre el texto de hoy.

La humildad de la sal y la luz


“He aquí la humildad de la sal y de la luz. Que no llaman la atención sobre sí, no se ponen en el centro, sino que valorizan lo que encuentran. De este modo, la humildad de la Iglesia, de los discípulos del Señor, que no deben orientar la atención sobre sí mismos, sino sobre el pan y sobre la casa, sobre el inmenso campamento de los hombres, sobre su hambre tan grande a veces que para ellos Dios no puede dejar de tener la forma de un pan”.

El valor del encuentro


“Observo la sal. Mientras permanece en su recipiente, en un cajón de la cocina no le sirve a nadie. Su finalidad es salir y perderse para hacer más buenas las cosas. Se da y desaparece. Iglesia que se da, se disuelve, que enciende, que vive para los demás. Si me encierro en mi yo, incluso si estoy engalanado con todas las virtudes más bellas, y no participo en la existencia de los, como la sal y la luz, si no soy sensible y no me abro, puedo carecer de pecados y sin embargo vivo en una situación de pecado.  Sal y luz no tienen la finalidad de perpetuar a sí mismos, sino de derramarse. Y así es la Iglesia: no una finalidad, sino un medio para hacer más buena y más bella  la vida de las personas”.

Ir contracorriente


“Somos sal que ha perdido el sabor si no somos hombres resueltos, si no nos hemos liberado de máscaras y miedos. Las personas quieren tomar del discípulo de Jesús fragmentos de vida, no fragmentos de doctrina. No si se nos ha puesto a Dios entre las manos, sino qué cosa hemos hecho de aquel Dios”.

4. Oración (Oratio) ¿Qué le respondo al Señor?


Padre, fuente de misericordia y de justicia, que cuidas de todos tus hijos, escucha el grito de los pobres, sé refugio del afligido y desconsolado. También en nuestros días hay desposeídos de bienes, privados de dignidad, hambrientos de pan y de amor. Y hartos y satisfechos, con almacenes repletos y casas vacías, envanecidos con sus rezos y ayunos, que huelen a incienso y no perfuman la vida.

En tu Hijo Jesús nos has revelado tu predilección por los pequeños, te has mostrado compasivo y misericordioso con quienes confían en ti. Él, desnudo y crucificado, le indica a quien quiere seguirle un camino serio y arriesgado, una puerta estrecha por donde no se puede pasar si no nos liberamos de las ataduras que suponen el patrimonio, los bienes, la cultura, las estrategias pastorales.

Padre, no queremos poseer mayor honor ni tener mayor gloria que el nombre de tu Hijo crucificado y resucitado, más preciado y valioso que el oro y la 'plata, para levantar y hacer andar a quien tiene necesidad de esperanza. Su Palabra es la luz que nos confías para reavivar los lugares aprisionados por las tinieblas; el Evangelio es la lámpara que no se consume, el sabor incorruptible para incorporar a la existencia. Entonces brillarán nuestras buenas obras como un sol sin ocaso, porque ha prendido tu resplandor.

5. Contemplación (Contemplatio)


“Una parábola hebrea dice que cada hombre viene al mundo con una pequeña llama sobre la frente, que sólo se ve con el corazón, y que es como una estrella que camina delante de él. Cuando dos hombres se encuentran, sus dos estrellas se funden y se reaniman  – cada una da y toma energía de la otra – como dos cepas de madera puestas juntas en el hogar. El encuentro genera luz. En cambio, cuando un hombre permanece durante mucho tiempo sin mantener encuentros, solo, la estrella que resplandecía en su frente poco a poco se consume, hasta que se apaga. Y el hombre va, ya sin la estrella que caminaba delante de él. Nuestra luz vive de comunión, de encuentros, de compartir. No nos preocupemos por cuantos lograremos iluminar. No cuenta ser visibles o relevantes, ser mirados o ignorados, sino ser custodios de la luz, vivir encendidos. Custodiar la incandescencia del corazón”.


6. Actúa (Actio) ¿A qué me compromete la Palabra de Dios?


  • Practicar alguna obra de misericordia semanalmente según la lista de Mateo 5, 35-40
  • Compartir con alguien alguna reflexión bíblica de algún sacerdote, el evangelio diario o la lectio divina semanal.
  • Invita a alguien a un retiro espiritual o invita a alguien a tu grupo de oración.
  • Repite con frecuencia: «El Señor es mi luz y mi salvación» (Sal 27, 1).


Bibliografía:



  • Bernasconi, M. (2016). Ejercicios Espirituales: transmitir luz y sabor al mundo. Radio Vaticano. Recuperado de http://es.radiovaticana.va/news/2016/03/08/padre_ronchi_transmitir_la_luz_y_el_sabor_al_mundo/1213858
  • Carrillo Alday, S. (2010). El evangelio según San Mateo (1a ed.). Estella (Navarra): Verbo Divino.
  • Fernández, V. (2000). El evangelio de cada día: Comentario y oración (1a ed.). Argentina: San Pablo.
  • Levoratti, A., Tamez, E., & Richard, P. (2007). Comentario bíblico latinoamericano: Nuevo Testamento (1a ed.). Estella (Navarra): Verbo Divino.
  • Mateos, J. & Camacho, F. (1981). El evangelio de Mateo, lectura comentada (1a ed.). Madrid, España: Ediciones Cristiandad.
  • Sánchez Navarro, L. (2005). La enseñanza de la montaña (1a ed.). Estella (Navarra): Editorial Verbo Divino.
  • Toya, M. (1964). Biblia Comentada: II Evangelios. Madrid: BAC.
  • Zevini, G., Cabra, P., & Gordón, F. (2003). Lectio divina para cada día del año: Domingos del Tiempo Ordinario. Volumen 13 (Ciclo A). Estella (Navarra): Verbo Divino.


jueves, 2 de febrero de 2017

El gozo de las Bienaventuranzas

Lectio Divina: IV Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo A)


1. Oración inicial


Jesús:
Queremos sentarnos frente a ti,
como ante nuestro único Maestro,
y recibir con corazón sencillo y abierto
las enseñanzas que quieras comunicarnos.
Háblanos, Señor, que estamos dispuestos
a escucharte.

2. Lectura (Lectio) ¿Qué dice la Palabra de Dios?


Del santo Evangelio según san Mateo: 5, 1-12



En aquel tiempo, cuando Jesús vio a la muchedumbre, subió al monte y se sentó. Entonces se le acercaron sus discípulos. Enseguida comenzó a enseñarles y les dijo:
“Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos los que lloran, porque serán consolados. Dichosos los sufridos, porque heredarán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque se les llamará hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Dichosos serán ustedes, cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía. Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos”.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

(Tomemos un momento de silencio para meditar el texto)


Reflexión
EL GOZO DE LAS BIENAVENTURANZAS




Contexto Litúrgico



La Iglesia nos propone meditar, a partir del cuarto domingo del tiempo ordinario, hasta el noveno, en el Reino de Dios y los discípulos de Jesús. Hoy la liturgia, nos pone frente a la página del evangelio que trata sobre las bienaventuranzas, enmarcado en el Sermón de la Montaña (5-7), su tema es la nueva Ley del Reino de los Cielos y su justicia; el texto de hoy, busca ayudarnos a comprender las actitudes de quienes construyen el Reino de los Cielos, principalmente los discípulos.

La comunidad de San Mateo


San Mateo escribe para comunidades judías que se ha convertido al cristianismo. En estas comunidades no solo había judío-cristianos, poco a poco se habían ido integrando gentiles, personas que no pertenecían al pueblo judío.

Jesús, maestro y legislador


«Subió al monte». La montaña es un lugar teológico, monte de revelación, que recuerda el Sinaí. Una de las ideas claves del evangelio de san Mateo es la de presentar a Jesús como un nuevo Moisés, por cuya mediación Dios, en el monte Sinaí, dio al pueblo elegido el regalo de “la Ley” (Éx 20,1-17; 20,22-23,33; 24,12-18; 32,15-16; 34,29-32; Jn 1,17).

Como Moisés, Jesús será ahora pastor, conductor, organizador, legislador y maestro del nuevo pueblo de Dios. En esta perspectiva, el evangelista, desde el principio de su obra, aplicaba a Jesús la palabra de Oseas: «De Egipto llamé a mi hijo» (Mt 2,15; Os 11,1). Como los israelitas, y particularmente Moisés, su jefe, salieron de Egipto para formar el pueblo de Yahveh, así Jesús, el Hijo de Dios, debía salir de Egipto hacia la Tierra Prometida para formar, como un segundo Moisés, el “nuevo pueblo de Dios”.

«Se sentó... ». El estar sentado es la actitud normal de un maestro oriental. En el auditorio se distinguen dos grupos: la gran muchedumbre y los discípulos de Jesús. El sermón de la montaña será la gran enseñanza inicial de Jesús: la carta magna del Reino de los Cielos.

Dichosos: ¿Qué dicha?


Las bienaventuranzas nos presentan el programa para tener éxito en la vida: lo que da felicidad y sentido a la existencia humana. Si nos fascinan, también nos extrañan y nos cuestionan. Parecen estar tan en contraste con los caminos de felicidad que predica nuestra sociedad ambiental que, para captar su sentido, hay que intentar primero comprender qué es lo que quiere decir Jesús con su declaración: «Dichosos».

Las bienaventuranzas siguen toda la tradición del Antiguo Testamento, se arraigan en los terrenos del judaísmo. La palabra «Dichoso», en el Antiguo Testamento, traduce la palabra hebrea ashré; y en el Nuevo Testamento, la palabra griega makarios. Los «macarismos» figuran principalmente en los salmos (25 veces) y los libros sapienciales. Hay que notar una diferencia con la palabra «bendición», en hebreo beraka, frecuente en el Antiguo Testamento, que es una palabra tensa hacia el futuro y que realiza lo que significa, la «bienaventuranza» es una forma de felicitación, que supone por tanto la constatación de una felicidad ya realizada o, por lo menos, en plan de realizarse.

Al decir «dichoso», Jesús constata y proclama la felicidad de la persona descrita en la bienaventuranza. Por consiguiente, la bienaventuranza no es una promesa de felicidad para el futuro (¡el cielo!), sino una declaración de felicidad en el presente.

Las Bienaventuranzas


En Mateo, “las bienaventuranzas” trazan un programa de vida virtuosa con promesas de recompensa celestial. Son una invitación urgente a una vida perfecta de santidad y constituyen el programa de vida de todo discípulo de Jesús.

Las bienaventuranzas son el pórtico del sermón de la montaña y constituyen el fidelísimo “autorretrato de Jesús”. Si es hermoso imaginarse al “discípulo ideal”, más impactante es “contemplar la fisonomía del mismo Jesús” a través de sus enseñanzas directas, incisivas, penetrantes como espada de doble filo.

1. Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.

¿Quiénes son «los pobres de espíritu»?
  • Los que no son soberbios, ni orgullosos, ni altaneros, sino humildes y sencillos: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29).
  • Los que, aun poseyendo bienes materiales, guardan un corazón desprendido: «Aun cuando crezcan vuestras riquezas, no les deis el corazón» (Sal 62,11).
  • Los que, ante Dios, se sienten necesitados de Él y experimentan pobreza de bienes espirituales: «¡Mi alma tiene sed de Dios!» (Sal 42,3).
  • Los que, por amor al reino de Dios, se han hecho pobres de sí mismos, han renunciado a muchos egoísmos, inclusive a bienes legítimos: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego, ven y sígueme!» (Mt 19,21).
La recompensa a los pobres de espíritu es el reino de Dios, tanto en la tierra como en la vida futura: «Entra en el gozo de tu Señor» (Mt 25,21); más aún, su recompensa será el mismo Dios.

2. Dichosos los que lloran, porque serán consolados.

«Los que lloran» son aquellos que se ven acosados por el dolor, el sufrimiento, las penas, la angustia, la ansiedad, pero todo lo sufren en la fe y en la confianza en Dios, y unen su dolor al sacrificio de Jesús en la cruz, a favor de la salvación del mundo.

La recompensa de esta bienaventuranza es el consuelo divino, aportado por el Mesías (Is 40,1; 61,3). El autor de este consuelo es el mismo Dios: «Los que siembran con lágrimas, cosechan entre cantares» (Sal 126,5).

3. Dichosos los sufridos, porque heredarán la tierra.

Son los humildes, lentos para enojarse y gentiles con los demás. Es una cita del Salmo 37,11: «Poseerán la tierra los humildes y gozarán de inmensa paz»

«Porque ellos heredarán la tierra». El salmo ofrece la felicidad en la Tierra Prometida. En Mateo se trata de una metáfora por el Reino de los Cielos. El verbo en futuro es propio de la literatura sapiencial y no urge necesariamente el tiempo por venir, pudiendo equivaler a un presente, como en la primera bienaventuranza.

4. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.

Tener hambre y sed de justicia es aspirar con toda el alma a una vida perfectamente conforme con la voluntad divina, perfectamente respetuosa de los derechos de Dios sobre nosotros. A través de esta palabra "justicia", aparece la preocupación fundamental de Mateo: la de un cristianismo vivido efectiva y auténticamente.

«Serán saciados». Quien anhela cumplir la voluntad del Padre verá colmado su deseo cuando se realice plenamente esa «justicia», don de Dios que supera las posibilidades humanas y que consiste en vivir como hijo suyo (cf. 5,8) e imitar su «justicia», su perfección (cf. 5,48).

5. Dichosos los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.

En el Antiguo Testamento la misericordia, raramente atribuida a la persona humana, encierra dos aspectos esenciales: el perdón divino de las faltas y la beneficencia activa de Dios con las personas necesitadas.

San Mateo nos transmite dos parábolas que ejemplifican estos dos aspectos. En la parábola del juicio final (25,31-46), los que han practicado las obras de misericordia (25,35-36) reciben a su vez la misericordia final. En la parábola del siervo sin entrañas (18,23-35), el perdón es presentado como forma eminente de misericordia. Esta parábola nos da la clave para comprender la bienaventuranza: era necesario que el siervo perdonara a su consiervo como el rey lo había perdonado a él (18,33).

6. Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios.

La pureza que se busca es de orden moral. No solamente se sitúa en el nivel de la conducta exterior, sino también en las disposiciones íntimas. Efectivamente, en la Biblia el corazón es la sede del pensamiento, de la voluntad y de los sentimientos.

Los «limpios de corazón» son las personas que están interiormente exentas de malicia y de perversidad, buscan el bien, son rectas y leales con Dios y con el prójimo. Aplicada a la vida cristiana, la pureza de corazón califica a los discípulos en los que el parecer cristiano refleja su ser cristiano. Un término contemporáneo para traducir esta bienaventuranza podría ser el de «autenticidad», comprendida no sólo como «sinceridad», sino como búsqueda de verdad y de rectitud en las relaciones con Dios y con los demás, así como el deseo de transparencia en el ser y en el obrar. Los limpios de corazón son, en fin, los limpios de todo pecado.

«Verán a Dios». Seremos admitidos en el círculo inmediato de sus servidores gozando de su familiaridad y para hacer alguna cosa en su servicio; es entrar de esta forma en relación personal con él, expresando lo que se siente, haciéndose escuchar por él, entrando en diálogo con él. La dicha que nos promete esta bienaventuranza no puede ser exclusivamente futura, sin arraigo en nuestra vida presente.

7. Dichosos los que trabajan por la paz, porque se les llamará hijos de Dios.

Esta bienaventuranza no se refiere a las personas que tienen un temperamento pacífico, sino a las que se comprometen activamente en la construcción de la paz. Son dichosos quienes no dudan en poner en peligro su propio bienestar con tal de restablecer la paz entre quienes están enfrentados; se trata, por tanto, de una forma de misericordia (cf. 5,7).

«Ser llamado» hijo por Dios equivale a recibir esta condición, indica una verdadera adopción filial. No es concebible una promesa mayor: todas las anteriores apuntan a ella, que a su vez las explicita. Al que trabaja por la paz, el Dios de la paz lo llamará «hijo mío».

8. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.

La última bienaventuranza recoge las demás y añade un nuevo factor: la persecución. Se declara dichosos a los perseguidos por la justicia; es decir: por ser pobres de espíritu y mansos, por compadecerse y realizar obras de misericordia, por estar hambrientos y sedientos de la voluntad de Dios, por tener un corazón limpio, por restablecer la concordia entre quienes están divididos por el odio.

Se percibe en esta bienaventuranza a los predicadores del Evangelio, sucesores de los profetas, que serán odiados y maldecidos a causa del mensaje que traen a los hombres.
La perseverancia activa en estas virtudes, aún en medio de la persecución, significa poseerlas en grado elevado. Por eso, «de ellos es el Reino de los cielos», ellos son los hijos para quien este Reino está preparado «desde la creación del mundo» (cf. 25,34).

3. Meditación (Meditatio) ¿Qué me/nos dice el texto?


Las bienaventuranzas están en el centro de la predicación de Jesús. Con ellas Jesús recoge las promesas hechas al pueblo elegido desde Abraham; pero las perfecciona ordenándolas no sólo a la posesión de una tierra, sino al Reino de los cielos.

Las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad; expresan la vocación de los fieles asociados a la gloria de su Pasión y de su Resurrección; iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristiana; son promesas paradójicas que sostienen la esperanza en las tribulaciones; anuncian a los discípulos las bendiciones y las recompensas ya incoadas; quedan inauguradas en la vida de la Virgen María y de todos los santos (Catecismo de la Iglesia Católica n. 1716-1717).

4. Oración (Oratio) ¿Qué le respondo al Señor?


Jesús Maestro:
Hemos escuchado tu proclamación evangélica.
Nos has revelado dónde podemos encontrar
la verdadera y auténtica felicidad.
Haznos, Jesús, fieles discípulos tuyos.
Concédenos la gracia y el privilegio
de vivir las bienaventuranzas,
código y programa del reino de los Cielos:
la pobreza de espíritu y la mansedumbre,
el saber sufrir y la justicia-santidad,
la misericordia y la pureza de corazón,
la paz y la persecución a causa de tu nombre;
y, si tú quieres, estamos dispuestos,
con el auxilio y la fuerza del Espíritu Santo,
a entregar la vida por amor a ti
y por el reino de los Cielos.

5. Contemplación (Contemplatio) ¿Qué le respondo al Señor?


Las bienaventuranzas nos enseñan el fin último al que Dios nos llama: el Reino, la visión de Dios, la participación en la naturaleza divina, la vida eterna, la filiación, el descanso en Dios. (CIC n. 1726)

6. Actúa (Actio) ¿A qué me compromete la Palabra de Dios?


Las bienaventuranzas nos colocan ante opciones decisivas con respecto a los bienes terrenos; purifican nuestro corazón para enseñarnos a amar a Dios sobre todas las cosas (CIC n. 1728), tomaré decisiones basadas en las ocho bienaventuranzas poniendo mis decisiones en oración.



Bibliografía:
Carrillo Alday, S. (2010). El evangelio según San Mateo (1a ed.). Estella (Navarra): Verbo Divino.
Carrillo Alday, S. (2007). Jesús de Nazaret (1a ed.). Estella (Navarra): Editorial Verbo Divino.
Dumais, M. (1998). El sermón de la montaña (Mateo 5-7) (1a ed.). Estella (Navarra): Verbo Divino.
Dupont, J. (1978). El mensaje de las bienaventuranzas (1a ed.). Estella (Navarra): Verbo Divino.
Sánchez Navarro, L. (2005). La enseñanza de la montaña (1a ed.). Estella (Navarra): Editorial Verbo Divino.

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